La pedagogía clásica de las artes liberales: la necesidad de una visión más humana

Alejandro García Durán.

Filósofo y Teólogo, docente del programa de Teología en UNICERVANTES.

No es necesario hacer análisis demasiado exhaustivo para constatar que, en el ámbito de la educación, desde hace ya algunas décadas, vivimos un proceso de especialización creciente. Pues bien, esta especialización del saber demanda de nosotros la necesidad de adquirir ciertas habilidades que nos brinden la posibilidad de adaptarnos a un entorno complejo y siempre cambiante con la finalidad de construir un mundo más humano

Una de las características de este mundo es la tecnificación del mismo, que, al mismo tiempo que nos permite desarrollos significativos, no deja de tener implicaciones negativas. Por ello, “diversos autores señalan que en un mundo donde las máquinas se vuelven cada vez más inteligentes y capaces de reemplazar a las personas en varias tareas, la educación debe encontrar un nuevo propósito” (Universidad San Francisco de Quito, Revista para el aula, edición No. 30, junio de 2019, p. 12).  

La tecnificación del mundo ha permitido que los seres humanos estemos conectados de maneras diversas. Sin embargo, en ocasiones podemos dudar de que, ante la proliferación de medios de comunicación estemos conectados en serio. Y esto es lo verdaderamente importante. En efecto, “el poder de trasformación más profundo que hay cuando vinculamos las proclividades humanas con la eficiencia de las tecnologías de la información está en la oportunidad de hacer juntos cosas distintas, y de cooperar a escalas y de maneras imposibles antes. Podemos decir, por tanto, que la clave no son las máquinas, ni sus enlaces. En realidad, los computadores tienen enormes capacidades matemáticas, pero a la hora de interactuar con las personas, son autistas” (Víctor Manuel Molero Ayala, La revolución digital, Madrid, 2014, p. 6-7).

“Por ello, como bien lo han señalado estudiosos varios, hoy la educación exige cualidades distintas a la que, hasta el momento hemos impartido, es decir, hemos de apuntar a un modelo de enseñanza que vaya más allá de lo puramente cognoscitivo, de la adquisición de conocimientos”.

Ahora, el énfasis se pone en la capacidad de dar soluciones a situaciones novedosas, lo que exige creatividad, capacidad de interactuar con los demás, tener la actitud adecuada en vida, el poder de persuasión, entre otras. 

Ciertamente, en los tiempos en que la información y el conocimiento sólo eran asequibles a base de estudio, el profesor trasmitía su conocimiento al discípulo en el aula de clase. Pero, en nuestra época “el conocimiento está a un “click” de distancia, y la manera de enseñar y el sentido de lo docente adquieren un cariz diferente cuando los que han de aprender se han criado con dispositivos que han puesto en sus manos todo cuanto querían saber. Estos nativos digitales tienden a tener lapsos de atención más cortos, especialmente cuando se enfrentan a formas tradicionales de aprendizaje” (Víctor Manuel Molero Ayala, La revolución digital, Madrid, 2014, p. 19).

Así, los profesionales del mundo que viene han de forjar ciertas características no presentes en las máquinas. ¿De qué características hablamos? Entre ellas podemos mencionar el “pensamiento lógico y crítico, inteligencia emocional, empatía, habilidades de comunicación y escucha, adaptabilidad, creatividad y colaboración, así como mayor comprensión de la cívica y la ética para manejar los grandes avances tecnológicos, de tal forma que puedan enfocarse en el bienestar humano y el mundo en general” (Universidad San Francisco de Quito, Revista para el aula, edición No. 30, junio de 2019, p. 12).

Es en este escenario en que consideramos sumamente valiosa la apuesta de retomar el modelo de educación basado en las Artes Liberales para lograr una educación que responda a las exigencias de nuestro mundo. No se trata, por supuesto, de querer retornar a una época pasada, sino de lograr una educación más centrada en la intimidad donde, más allá del aprendizaje técnico, destaque la curiosidad, el cuestionamiento, la creatividad y la perspectiva creativa, características, por lo demás, esenciales en el seno de las sociedades democráticas.

Así lo ha observado, de manera aguda, Martha Nussbaum. En efecto, en el discurso pronunciado con ocasión de la recepción del Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Antioquia, señaló acertadamente que la educación mundial vive una crisis precisamente por el arrinconamiento institucional de las humanidades: “Ansiosas de lucro nacional, las naciones y sus sistemas de educación, están descartando descuidadamente habilidades que son necesarias para mantener vivas las democracias. Si esta tendencia continúa, las naciones de todo el mundo pronto estarán produciendo generaciones de máquinas útiles, en lugar de ciudadanos completos que puedan pensar por sí mismos, criticar la tradición y entender el significado de los sufrimientos y logros de otra persona. ¿Cuáles son estos cambios radicales? Las humanidades y las artes están siendo eliminadas, tanto en la educación primaria/secundaria como en la técnica/universitaria, en prácticamente todas las naciones del mundo, vistas por los responsables políticos como adornos inútiles, en momentos en que las naciones deben cortar todas las cosas inútiles con el fin de mantener su competitividad en el mercado global, éstas están perdiendo rápidamente su lugar en los planes de estudio y también en las mentes y corazones de padres y niños. De hecho, lo que podríamos llamar aspectos humanísticos de la ciencia y las ciencias sociales – el aspecto creativo imaginativo y el aspecto del pensamiento crítico riguroso – también están perdiendo terreno, debido a que las naciones prefieren perseguir beneficios a corto plazo cultivando habilidades útiles y altamente aplicables, adaptadas a fines lucrativos” (Disponible en https://redfilosofia.es/atheneblog/2015/12/25/discurso-de-martha-nussbaum-en-antioquia-con-ocasion-de-su-honoris-causa/).

La finalidad que persigue una educación fundada en el modelo de las Artes Liberales es valorizar de mejor modo un tipo de aprendizaje que no está, de manera necesaria, supeditado al logro de la utilidad. En este sentido, no busca formar, sin más ni más, para desempeñar un trabajo. Lo que persigue es la apertura de horizonte y pertrecharlo de todas las herramientas imprescindibles para moverse con solvencia en el ámbito de las relaciones humanas. Porque, no lo olvidemos, las personas más exitosas no son, siempre y en todos los casos –ni siquiera la mayoría de las veces- las mejor preparadas desde una perspectiva técnica, sino aquellas que pueden entablar relaciones interpersonales sólidas y duraderas.

“Ciertamente, la educación para el rendimiento lucrativo, basada en la técnica y la tecnología es esencial y resulta una exigencia hacer todas las inversiones para potenciar la formación en este sentido”.

Pero, hay otras competencias necesarias que “están en riesgo de perderse en el frenesí competitivo, habilidades cruciales para la salud interna de cualquier democracia, y para la creación de una cultura mundial decente, capaz de abordar de manera constructiva los problemas más apremiantes del mundo. Estas habilidades están asociadas con las humanidades y las artes. ¿De qué habilidades se trata? Sin ser exhaustivos, podemos decir que una sólida formación humanística permite forjar la capacidad de pensar de manera crítica; la capacidad de trascender las lealtades locales y acercarse a los problemas mundiales como un “ciudadano del mundo”; y la capacidad de imaginar comprensivamente la situación del otro” (Martha Nussbaum, Discurso con ocasión de la recepción del Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Antioquia. Disponible en https://redfilosofia.es/atheneblog/2015/12/25/discurso-de-martha-nussbaum-en-antioquia-con-ocasion-de-su-honoris-causa/).

De ahí la importancia por retomar un ideal educativo que, sin menospreciar los logros alcanzados por el universo tecnificado y globalizado, sea capaz de abrirse a una perspectiva distinta.

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